June 14, 2024

Office Address

123/A, Miranda City Likaoli
Prikano, Dope

Phone Number

+0989 7876 9865 9

+(090) 8765 86543 85

Email Address

info@example.com

example.mail@hum.com

Cultura

Cristina Rivera Garza: Escritura de la memoria invencible

Cristina Rivera Garza: Escritura de la memoria invencible

Veintinueve años transcurrieron desde el feminicidio de su hermana menor Liliana -estudiante de arquitectura en la UAM Azcapotzalco, quien en ese verano aún no cumplía 21- para que la escritora Cristina Rivera Garza regresara a la Ciudad de México en pos de recuperar, con su acompañante Sorais, el expediente legal del crimen en la Procuraduría de la Ciudad de México.

Le aclaro [a Sorais] que hace unas tres semanas, en un viaje previo a la capital, John Gibler, el periodista, me ayudó a empezar el proceso para encontrar el expediente de mi hermana (…) Luego de una revisión de los periódicos de la época, John encontró la noticia justo como apareció en La Prensa. Luego logró contactar a Tomás Rojas Madrid, el periodista de la nota roja que escribió una serie de cuatro artículos en un tono que, sorpresivamente, evitaba el amarillismo y la espectacularidad.

Con El invencible verano de Liliana, recién publicado por Literatura Random House, la también traductora y crítica Cristina Rivera Garza vuelve a sus lectores vía una historia verdadera, personal y, a la vez, polifónica, tras sus recientes Autobiografía del algodón (Literatura Random House, 2020) y Grieving. Dispatches from a Woman Country (The Feminist Press, 2020).

Asimismo, Cristina Rivera Garza regresa guiándonos cual Dante en su Commedia desde el capítulo «Azcapotzalco», para desatar mil y un cabos; sólo que ella lo hace exactamente a «29 años, tres meses y dos días» de aquella madrugada fatal del lunes 16 de julio de 1990. Ese feminicida (identificado como Ángel, por alguna época novio de Liliana en Toluca, donde lo conoció por 1984, golpeador celoso quien la acechaba afuera de la UAM-A, «un tipo con no muy buenos antecedentes», según la policía confirmó al periodista de La Prensa), quebró el cristal del cuarto donde ella dormía en la calle de Mimosas para matarla. Leamos a la autora, que intercala el clamor del performance-canción «Un violador en tu camino», del grupo feminista chileno Las Tesis:

¿Sabes que la primera vez que hablé a la procuraduría para pedir una audiencia me preguntaron, a rajatabla, qué buscaba? (…) Busco el expediente, dije, tartamudeando. (…) Entonces me di cuenta, en el transcurso de esa llamada, de lo poco que pedía. (…) Tragué saliva. Busco justicia, dije finalmente. Y lo repetí otra vez, convirtiéndome en eco de tantas otras voces. Lo repetí una vez más, ahora con mayor firmeza, con absoluta claridad. El Estado opresor es un macho violador. Busco justicia. Y la culpa no era de ella/ ni de dónde estaba/ ni cómo vestía. Busco justicia para mi hermana. El violador eres tú.

Por el hormiguero burocrático del tiempo atorado, Cristina va comprobando el poema de Schiller: «Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano». De nada sirve la maravillosa tecnología actual para encontrar la averiguación previa número 40/913/990-7; al expediente del «homicidio simple» se le dio carpetazo («va a estar difícil que consiga un documento tan viejo», «muy inusual que alguien busque un documento de tantos años», «No crean ni por un minuto que los expedientes viven para siempre»). Se esfumó.

Cinco años menor que Cristina, Liliana, para su examen de ingreso a la universidad, se quedó la noche del 21 de septiembre de 1987 en su casa de la colonia Buenos Aires, a un lado del Centro Médico del Distrito Federal. La escritora recuerda que en esa urbe gris flotaba el fantasma de Rockdrigo González (fallecido dos años antes en el terremoto) con su canción «Distante instante»:

Si tuviera ilusiones/ si existieran razones locuras pasiones/ no habría necesidad/ de pasarme por horas/ bebiendo cantimploras/ de esta gris soledad.

Las metáforas del relato de la fundadora del doctorado en Escritura Creativa en español de la Universidad de Houston, Estados Unidos, donde radica, son aves canoras de un tronco que, se intuye, podrá crecer una eternidad; pero son las propias palabras de Liliana, escritas con un tipo especial de cursivas en el libro para diferenciarse, donde la hallamos en su propia tinta. Los pensamientos guardados en siete cajas de cartón por sus familiares durante tres décadas, son los que abre la autora y rompen el silencio. 

Paso a la impunidad

Desde el primer capítulo de los 11, El invencible verano de Liliana brinda ya apertura a toda pista que, como colores, irán recreando el gigantesco retrato de una mujer (llena de amor y de ansias por navegar el mundo), mas no en lenguaje leguleyo, ni con diálogos inventados a la manera de A sangre fría de Truman Capote o La canción del verdugo de Norman Mailer. El ayer de la mujer que murió, parafraseando al Bruce Springsteen de la rola «Atlantic City», es el presente de las que han retornado, sugiere Cristina:

Mujeres siempre a punto de morir. Mujeres muriendo y, sin embargo, vivas. (…) Somos ellas en el pasado, y somos ellas en el futuro, y somos otras a la vez. Somos otras y somos las mismas de siempre. Mujeres en busca de justicia. Mujeres exhaustas, y juntas. Hartas ya, pero con la paciencia que sólo marcan los siglos. Ya para siempre enrabiadas.

El íncipit de El invencible verano de Liliana proviene de Albert Camus (L’Été): «En lo más profundo del invierno aprendí al fin que había en mí un invencible verano», frase que Liliana (Lili) le entregara en una hojita a su amiga Norma Xavier Quintana (página 151) luego de una traición amorosa:

Cuando se acercó más conmigo [Liliana] fue como en el quinto trimestre (…) Cuando me di cuenta del engaño, me puse a llorar en el salón de clase. Lili se acercó y me abrazó. No vale la pena, dijo. Me entregó un papelito: En lo más crudo del invierno aprendí que existe en mí un invencible verano. Esto es tu invierno, añadió. Y pasará. No llores por nadie.

La ansiada averiguación que halla el lector no es la judicial del «homicidio simple», sino la confeccionada con poesía y datos duros que arma la escritora: Liliana resuena a través de múltiples testimonios y datos que la policía desechó, son los recuerdos de las almas sumando claves para pistas que nadie investigó. Esas carretadas de dinero que le pidieron a Cristina y a sus padres para resolver el homicidio terminaron por agotarse. Un criminal libre, pese a que las autoridades juraron agarrarlo pronto, muy pronto, ya casi.

¿Entramos en el Mictlán o salimos? Aquí falleció mi hermana, Me corrijo: aquí la asesinaron. Según la orden de arresto: aquí la mató él. De esa agencia salieron los comandantes hacia la calle Mimosas 658, en la colonia Pasteros, la mañana del 16 de julio de 1990. Una llamada de emergencia. Un vecindario en vilo. Tal vez también caminó por aquí Tomás Rojas Madrid a paso veloz, el periodista que cubrió el caso. Aquí llegaron los primeros reportes periciales y las fotografías y las transcripciones de los testigos. Aquí, en algún momento, pasó de mano en mano la averiguación previa 40/913/990-7. Aquí, o cerca de aquí, se expidió la orden de aprehensión contra Ángel González Ramos, el hombre al que nunca apresaron; el hombre que, libre hasta el día de hoy, no ha tenido que enfrentar la ley ni pagar por su crimen.

El apartado que Rivera Garza titula [un violador en tu camino] del capítulo «Azcapotzalco», precisa que el feminicidio no se tipificó en México, sino hasta el 14 de junio de 2012, cuando el Código Penal lo incorporó como un delito.

A gran parte de los feminicidios que se cometieron antes de esa fecha se les llamó crímenes de pasión. Se le llamó andaba en malos pasos. Se le llamó ¿para qué se viste así? Se le llamó una mujer siempre tiene que darse su lugar. Se le llamó algo debió haber hecho para acabar de esa forma (…)

Una mujer más, otra de tantas en El invencible verano de Liliana, conduce a Cristina por círculos infernales: es una periodista estadunidense, quien en 2019 publicó el estudio No Visible Bruises. What We Don´t Know About Domestic Violence Can Kill Us («Sin moretones visibles. Lo que no sabemos acerca de la violencia doméstica nos puede matar»). Asienta la escritora:

Lo que distingue a la violencia doméstica, especialmente al homicidio de pareja, de cualquier otro tipo de crimen, es el amor, asegura Rachel Louise Snyder. (…) Ningún otro acto de violencia extrema se alimenta de una ideología tan diseminada como compartida. (…)

¿Por qué continuaba Liliana regre­sando una y otra vez a una relación que, al menos desde afuera, le ofrecía sólo inestabilidad y daño? En No Visible Bruises, Snyder propone dos preguntas alternativas. La primera: ¿por qué regresa una y otra vez el depredador? La segunda: ¿cuál es la reacción más lógica cuando alguien es atacado por un oso? (…) Snyder me hizo entender algo fundamental… Las mujeres maltratadas se quedan porque el oso se aproxima. Y quieren vivir. (…) Hasta el último momento, mi hermana pensó que podía ganar. Hasta el último momento, Liliana pensó que se podía enfrentar sola al patriarcado y que podía ganarle.

Cristina Rivera Garza nos atrapa, como en esas grandes novelas que vivimos en carne propia, impidiendo abandonar su lectura hasta agotar las notas de la última página, la número 302, conforme avanzan los capítulos: «Este cielo enojosamente azul», «Andamos perras, andamos diablas», «Invierno», «Allá va una mujer libre», «Fantasmas terribles de un extraño lugar», «¿Y no es esto la felicidad?», «Qué ganas de dejar de ser hadas en una tierra de hielo», «Oscuro crimen», «Nuestra hija» y «Cloro».

Lo quería todo y lo amaba todo. Exigir lo imposible era su vocación. Eso, que aprendimos en casa, que nos enseñaron a las dos nuestros padres, fuera reforzado después en libros y poemas, planos y edificios, canciones, nubes complicadas, campus universitarios, viajes, tertulias infinitas, amigas entrañables. Cuando nos quebramos, Liliana, cuando la maquinaria patriarcal nos alcanzó para triturarnos el cuerpo y el corazón, para arrasar con el pasado y con el futuro, fue, sí, intentando salir.

En su peregrinar, podemos acompañarla con sus ancianos padres depositando flores en la tumba de su única hermana, identificamos al asesino por la fotografía de El invencible verano de Liliana (página 273) y «escuchamos» cómo la recuerdan familiares, amigos y colegas que hicieron migas con ella. Sin duda, la reconoceremos: Liliana, la estudiante tierna, la universitaria que siempre se puso del lado del amor, la muchacha que ama cantar, el cine, las manzanas…

About Author

InfoHuasteco

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *